Notas: “Breakfast of Champions”, de Kurt Vonnegut (1973)
He aquí el libro más original escrito nunca.
Quizá sea una exageración. O quizá no. Lo cierto es que es un libro extraño, metafísico, agotador y que te deja sumido en una dimensión de la cual es complicado salir. Vonnegut parte de una premisa sencilla: un señor rico, un comercial de coches usados y nuevos, lee una novela y entiende que la novela habla de él. Una premisa quijotesca, un lector loco, gigantes que no existen. El problema: la novela que embauca al comercial trata sobre el único hombre libre del mundo, el único con libre albedrío, el único para el cual el resto de autómatas actúan. Los autómatas tienen la esperanza de extraer algo del único hombre libre: una reacción, una mueca, cualquier cosa. Y el hombre libre —el comercial de coches— escribe al autor de la historia, su Creador, para agradecerle esta ocurrencia.

Lo que sucede después es demasiado complicado para que aparezca aquí. Todo el espíritu del libro, toda la inmensa complejidad y todo el lore de la ciudad ficticia de Midland City (Ohio) quedan condensados en este escueto pasaje:
Once I understood what was making America such a dangerous, unhappy nation of people who had nothing to do with real life, I resolved to shun storytelling. I would write about life. Every person would be exactly as important as any other. All facts would also be given equal weightiness. Nothing would be left out. Let others bring order to chaos. I would bring chaos to order, instead, which I think I have done. If all writers would do that, then perhaps citizens not in the literary trades will understand that there is no order in the world around us, that we must adapt ourselves to the requirements of chaos instead. It is hard to adapt to chaos, but it can be done. I am living proof of that: It can be done.
Es complicado encajar a Vonnegut en un arquetipo. El libro es increíblemente gracioso: creo que nunca me había reído en voz alta con un libro, y nunca había sentido la necesidad de leerle un párrafo a alguien con la certeza de que iba a reírse. Sin embargo, una tristeza permea la historia. La tristeza se deja ver en los resquicios, en los recovecos de la narrativa.
Hacia el final del libro, Vonnegut decide introducirse en la novela. Es entonces cuando queda reflejado que es él, el Vonnegut literario, quien en realidad ha controlado al resto de personajes desde el principio. Vonnegut es el Creador del Universo que tantas veces se alude. Es n personaje sin nombre dentro de la novela, un personaje que controla la narrativa y a los demás personajes, y que puede hablar con ellos y sufrir sus horrores. Vonnegut conoce a sus personajes: los ha creado, controla todo lo que les pasa, pero no cómo reaccionan. Sus personajes ignoran que Vonnegut es el creador, pues viven en la única realidad que conocen. Vonnegut sabe que hay una realidad más allá de la historia contenida en el libro: la que contiene al lector. Y el lector (tú, yo) lo entiende todo, estando de algún modo en un plano superior a Vonnegut, a sus personajes, a la historia y al libro.
Y en este andamiaje metafísico tan extraño surge una pregunta: ¿qué pasa cuando un hombre se considera el único ente con capacidad de sentir, pensar, decidir y padecer? ¿Qué pasa cuando las demás personas no son personas, sino máquinas? Máquinas de comer, de sufrir, de apalizar, de amar, de fornicar, de perdonar y emborracharse. Máquinas capaces de desplegar toda la complejidad de la experiencia humana en un acto cuyo único objetivo es hacerte sentir algo a ti, al único ser sintiente.
La respuesta de Vonnegut: lo que pasa es que el mundo se vuelve un lugar feísimo.