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Adoquines, Houellebecq y los libros que no quise

Otoño de 2016. Llevaba unos meses viviendo en Granada. Había traído un portátil, una maleta con ropa y unos cuarenta libros. En casa de mi abuela los tenía en un tocador antiguo que tenía un espejo todo lleno de manchas de óxido. No quería algunos de esos libros, así que busqué un lugar donde venderlos. Llegué a la librería Reciclaje, con su olor almizclado y una pesadez en el ambiente que recordaba al olor del tabaco negro. Vendí tres libros, saqué diez euros. El dependiente me hizo firmar un papelito.

Enero de 2017. Había acabado una temporada de exámenes que había sido un tanto desastrosa, la primera de todo el grado. El último examen había salido bien. Salí de la facultad y pasé por la única librería que conocía, la Reciclaje. Todavía no lo sabía, pero los alquileres estaban a punto de dispararse en Granada e iba a pasar unos años sin poder disfrutar de la libertad de aquel momento. Hojeé unos libros, y me llevé uno cuya sinopsis me llamó la atención. Las partículas elementales, de Houellebecq, editado por Anagrama, con una imagen horrible en la portada de un escenario en el que todo parecía estar hecho de tiras de jamón. No quería volver a casa aún, así que me quedé sentado y leyendo en un banco de los jardines del Triunfo. Pensé en que Federico García Lorca pudo haber hecho lo mismo en algún momento. Años después leí que en Triunfo solía haber una plaza de toros cuando Lorca vivía.

Principios de verano de 2017. Había intentado leer La broma infinita, de David Foster Wallace. El libro me aburría tanto que, para tratar de concentrarme hasta encontrar algo interesante, ponía un postit de plástico pequeño en cada línea que mencionaba una droga. Perdí la cuenta cuando superé las cien. Fui a vender el libro a la librería Tagore, junto a plaza Trinidad. Es un establecimiento pequeño con un escaparate grande situado en una calle adoquinada. Se venden libros de segunda mano y objetos de cuero artesanal. La regenta un señor inglés que lleva muchos años en España con el pelo blanco y la cara muy roja. Le vendí el libro por cinco euros. No me hizo firmar nada.

Septiembre de 2017. Había tratado de leer el primer tomo de la autobiografía de Karl Knausgård. Resultó que no me interesaba saber que la madre de un señor noruego fumaba en la cocina cuando él era pequeño. Fui a la librería Tagore de nuevo. El señor inglés me dijo riendo que había estado toda la tarde quitando postits de La broma infinita, pero que la había vendido enseguida. Le cambié el libro del noruego tostón por otro libro de Houellebecq, El mapa y el territorio. El inglés me dijo que él había coincidido con Houellebecq, que tiene una casa en la costa de Almería. Pondrá el libro en el escaparate de la tiendita y tardará muchos meses en venderlo.

Principios de 2018. Una mañana en la que Granada estaba vacía fui en bici a la librería Atlas. Até la bici al canalón que había fijado a la fachada de un estanco, y el dueño salió a regañarme. Entré a la librería y compré Homo faber, de Max Frisch. Cuando llegué a casa descubrí que alguien había usado el libro para esconder recortes de Boris Izaguirre.

Mediados de 2019. Salí a comprar ropa y no encontré nada que me estuviera bien. Pasé por la librería Reciclaje de nuevo. Compré La peste, de Camus. Lo empecé al llegar a casa y me imaginé que yo era el viejo español con “respiración pedregosa” que un doctor examina al principio del libro. Unos meses después nos recluirán en casa y no sabremos cuándo salir.

Septiembre de 2020. Tengo una cita con una chica que he conocido en Tinder. Merendamos juntos, damos una vuelta por el centro. Entramos en la librería Praga, y ella me señala el libro Nana, de Chuck Palahniuk y me dice que le gusta mucho. Me lo compro porque la sinopsis parece divertida sin sospechar que no lo leeré hasta exactamente dos años después, cuando ya viviré con ella.

Enero de 2021. Un amigo me lleva a una tienda de cómics del centro, Dune, que tiene una biblioteca de cómics en la planta superior. Nos hacen escribir nuestra información en unas fichas para hacerno socios. Hay un cuadrito para nuestra foto. Mi amigo dibuja un wojak con una precisión inaudita y me hace mucha gracia. Me llevo un cómic sobre una chica cuyo superpoder es parar el tiempo teniendo orgasmos. No lo devuelvo hasta unos meses después, cuando el dependiente de la tienda me lo recuerda amablemente por WhatsApp.

Septiembre de 2022. Voy a recoger a mi novia del trabajo. Paseamos cerca de la catedral y compro un pequeño tiesto de fajalauza y un crotón multicolor que florecerá y prosperará durante un par de meses, y luego morirá. Entramos en la librería Reciclaje, y me llevo Vida y destino, de Vasili Grossman. El libro volará más de tres mil kilómetros y apenas saldrá de la mochila.