Notas: “Chevengur”, de Andrei Platonov (1928)
Chevengur, de Andrei Platonov (1928, 🇷🇺). Editado por New York Review Books, 640 páginas. Traducido del ruso al inglés por Robert y Elizabeth Chandler.

He leído esta novela con la mecanicidad con la que uno avanza por un terreno irregular, sin saber dónde posar el pie ni qué depara el camino. Chevengur fue escrita justo después de la revolución bolchevique, teniendo Platonov una vista de pájaro especialmente privilegiada para juzgar el funcionamiento de la maquinaria soviética. Abandonando su ocupación de escritor ocasional, Platonov se dedicó por voluntad propia a la gestión de tierras en la naciente Unión Soviética, primero a nivel regional y luego a nivel estatal; el establecimiento de electricidad en territorios rurales y la reclamación de tierras por parte del Estado (tanto a grandes terratenientes como a los kulaks, campesinos que habían prosperado bajo los zares) ocuparon sus días, pudiendo así ver en qué términos la nueva élite lidiaba con su recién encontrado poder.
En este contexto nace en Platonov la semilla de esta novela. Una obra que ha sido definida por muchos como quijotesca, un híbrido extraño entre la fórmula del viaje del héroe y un sueño de fiebre. Más o menos la primera mitad de la novela parece estar imbuida en un estado de calma, de contemplación. Platonov crea una atmósfera que casi recuerda a una película de Don Hertzfeldt. La retahíla de personajes que pueblan esas páginas se me hace curiosísima en su relación con la pena. En el mundo complicado en el que nacen varios personajes, es común que un niño muera o que un pescador se ahogue. Sin embargo, no es algo que se trate con el dramatismo que uno esperaría encontrar en una novela que muchos alaban como un supuesto alegato antisoviético. Chevengur no es el Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn, no son los testimonios de Ayn Rand, esa hija de una familia rica que abandonó Rusia apenas cumplió la veintena. Platonov no actúa como un insider, y si lo hace es incierta la posición desde la que articula el andamiaje literario de la novela, que puede interpretarse de forma un tanto naive como un testimonio de los peligros de los soviets, pero también como algo más. Si nos fijamos, es posible que el autor esté haciendo todo lo contrario, que esté siendo más papista que el propio Papa. Me explico.
La trama de la novela involucra a un número de personajes que, entre todos, nos dan el contexto para seguir al protagonista. El protagonista, Aleksandr (Sasha) Dvanov, nace en una familia tan grande como pobre. Tras ser expulsado del hogar, acaba por ser acogido por Zakhar Pavlovich. Pavlovich es un personaje al que seguimos en el inicio de la novela, un hombre simple que se deja llevar por la voluntad ajena, entregado a su sentido de la belleza de los artefactos mecánicos. Así, con el respaldo de su padre adoptivo, Sasha decide salir al mundo y encontrarse con el fuego deslumbrante de la revolución bolchevique, aún en curso. En el camino se topa con varias figuras quijotescas (en el sentido más estricto), caballeros andantes del comunismo que inicialmente lo confunden con un guerrillero antirrevolucionario por su falta de adherencia al dogma. Tras solucionar el malentendido, el grupo acaba llegando al pequeño pueblo de Chevengur, una utopía comunista donde las supuestas ideas de Marx han sido llevadas al extremo. Nadie trabaja, porque el único ente que produce de verdad es el sol. Las mujeres han sido colectivizadas. Un desastre que es bien acogido por el grupo al que estamos conociendo poco a poco, y que cada vez se muestra más excéntrico. La novela sigue hablando de los sucesos que se dan en este pueblo; finalmente, el pueblo es invadido por enemigos del régimen (no se sabe quiénes son, si caballeros del zar o cosacos) y el proyecto fracasa. Sasha, por su parte, decide unirse a su padre en un acto que recuerda al paseo de Cristo hacia el monte Calvario: una muerte asumida con templanza.
Es aquí donde creo que Platonov está jugando con nosotros. La historia es, evidentemente, una sátira, y es fácil caer en la trampa de pensar que es una sátira al estilo de Orwell, donde los cerdos son los políticos y el caballo es el trabajador y llegamos a un paralelismo de lo más facilón. Creo que Platonov viene desde fuera, desde más allá. Platonov apoyó la causa, en su trabajo y con sus acciones, y vio cómo la colectivización funcionó en la implementación soviética. Fue un hombre que partió con unos ideales diferentes a los que acabaron por imponerse; que apreció cómo las decisiones despóticas de hombres que no comprendían el terreno que pisaban costó la cosecha y la salud de mucha gente. Quizá por eso en el libro nadie ha leído a Marx, a pesar de que hay personajes con el nombre de Rosa Luxemburgo cosido al casco, o caballos que se llaman Fuerza del Proletariado. Creo —y puede que no sea así, claro— que Platonov se ríe de quienes se dicen marxistas y no han sostenido nunca un libro sobre marxismo en sus manos. Y así, el libro no estaría condenando el marxismo, sino plantando una semilla para una segunda oportunidad: las cosas podrían hacerse mejor.
En cualquier caso, es seguro que la postura de Platonov cambió con la edad. Los muchos malentendidos, rechazos y desprecios que despertó la novela. He visto escrito en varias partes, sin fuente, que el propio Stalin garabateó cierto apelativo poco cariñoso en el libro, aunque es poco probable: no fue publicado entero en la URSS hasta casi el final de su existencia, y solo algunos fragmentos aparecieron en revistas como historias cortas. (Ésta, de hecho, es la primera edición completa en inglés y directa del ruso, hasta donde sé; una traducción preciosa y sopesada). El autor viviría hasta los años 50, siendo su destino similar al de Bulgakov. Siguió publicando, víctima de una censura obstinada, y moriría tras contraer la tuberculosis que su propio hijo contrajo en el gulaj al que fue enviado por el gobierno de Stalin.
Es difícil elucubrar sobre lo que quiso decir Platonov: la muerte del autor y el silencio impuesto por el regimen bajo el que vivió nos impiden saberlo con certeza. Solo nos quedan estas pequeñas discusiones.