Notas: «Niebla», de Miguel de Unamuno (1914)
Imagen de encabezado: Miguel de Unamuno, retratado por Joaquín Sorolla en 1912.
Niebla, de Miguel de Unamuno (1914, 🇪🇸). Editado por Cátedra, 304 páginas.
Hay algo encantador en que un autor se introduzca a sí mismo en una novela. Podría tirarme el pisto y decir que el primer ejemplo que se me viene a la mente es el de Dante en su Divina comedia, pero lo cierto es que ni la he leído, ni resulta ser el caso. El primer ejemplo de autoinserción que se me viene a la memoria es el de Francisco Ibáñez, que acostumbraba a dibujarse a sí mismo con un perenne resplandor encefálico, producto de su calvicie, en sus propias historietas.

La novela junto a un pionono, dulce nacido en Granada el mismo año que Unamuno publicó su primera novela, Paz en la guerra.
Siguiendo con la temática, hoy terminé de leer Niebla, la nivola de Miguel de Unamuno. En el prólogo, Mario J. Valdés la describe como un “juego de espejos”. Bien es cierto que de casi todos los personajes que aparecen en la novela puede decirse que son, en mayor o menor medida, Unamuno. Desde el prologuista hasta el epiloguista, incluyendo el autor de la inusual respuesta al prólogo (firmada por el propio Unamuno), además de varios personajes: todos son Unamuno. Unamuno deja su voz en todos ellos. Estos personajes apenas son un cáliz en el que el autor vierte sus contradictorios puntos de vista, propinándose golpes en el estómago en una batalla dialéctica contra sí mismo.
(El autor vasco, que no parece resultarle muy gracioso a otra gente, a mí me hace especial gracia por el aura de viejo cascarrabias que irradiaba en sus últimos años. Algo de lo que, sin duda, era plenamente consciente. Cómo, si no, se permitía soltar una diatriba sobre el insulto a la inteligencia del lector que supone usar la negrita en un texto.)

Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca.
El grueso de la historia reflejada en la novela no me ha parecido muy interesante. La parte amorosa de la trama casi parece folletinesca. Los romances del protagonista, Augusto, con la desconocida Eugenia (su Dulcinea del Toboso particular) y la ignota Rosario, a la que apenas se le permite hablar, me han llegado a aburrir. Mucho más interesantes son, a mi parecer, las conversaciones febriles que el protagonista mantiene con su amigo y compañero de ajedrez, Víctor, así como con la variopinta fauna de su entorno.
La brillantez de esta obra no está en los líos amorosos que se dan entre los personajes, claro. La novela funciona como una casa de espejos, con la particularidad de que todos los reflejos son Unamuno. El autor es capaz de mantener dos opiniones totalmente contrapuestas, defendiéndolas vehementemente de sí mismo, e incluso es capaz de afirmar en capítulos contiguos opiniones totalmente dispares. Es divertido, pues es una partida de ajedrez jugada por una sola persona. Unamuno es el crítico más feroz de Unamuno.
En este entramado de personajes, que de todas formas no son demasiados, vemos al autor como a través de una mirilla. Y es casi al final cuando nos llevamos una sorpresa, cuando sucede lo más inesperado; Unamuno entra a su propia novela:
Mientras Augusto y Victor sostenían esta conversación nivolesca, yo, el autor de esta nivola, que tienes, lector, en la mano y estás leyendo, me sonreía enigmáticamente al ver que mis nivolescos personajes estaban abogando por mí y justificando mis procedimientos, y me decía a mí mismo: «¡Cuán lejos estarán estos infelices de pensar que no están haciendo otra cosa que tratar de justificar lo que yo estoy haciendo con ellos! Así cuando uno busca razones para justificarse no hace en rigor otra cosa que justificar a Dios. Y yo soy el Dios de estos dos pobres diablos nivolescos.»
Este encontronazo con el autor surte el efecto de romper la cuarta pared. Nos coge desprevenidos, y a mí me desubicó terriblemente. La narrativa que me había formado sobre la novela se vino abajo de inmediato. Ya no me parecía ver retazos unamunescos en los personajes, pues el propio escritor aparece en su novela, haciendo las veces de narrador y personaje. Pocas páginas después, tiene lugar algo más impresionante: el propio autor se encara con Augusto, el protagonista, que se quiere suicidar. Tras una acalorada discusión en la que Unamuno pierde los estribos, decide que no puede sino matar a Augusto. No dejarle que se mate él mismo, no: tiene que mandarlo a morir. Augusto, totalmente contrariado, se encara con su creador, que no cede a su determinación. Augusto, enfadado por ver ahora la muerte cerca, abandona su mansedad y su indefensión y se revuelve como gato panza arriba:
—¿Conque no, eh? —me dijo—, ¿conque no? No quiere usted dejarme ser yo, salir de la niebla, vivir, vivir, vivir, verme, oírme, tocarme, sentirme, dolerme, serme: ¿conque no lo quiere?, ¿conque he de morir ente de ficción? Pues bien, mi señor creador don Miguel, ¡también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió…! ¡Dios dejará de soñarle! ¡Se morirá usted, sí, se morirá, aunque no lo quiera; se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, todos sin quedar uno! ¡Entes de ficción como yo; lo mismo que yo! Se morirán todos, todos, todos. Os lo digo yo, Augusto Pérez, ente ficticio como vosotros, nivolesco lo mismo que vosotros. Porque usted, mi creador, mi don Miguel, no es usted más que otro ente nivolesco, y entes nivolescos sus lectores, lo mismo que yo, que Augusto Pérez, que su víctima…
Y ahora somos nosotros, sus lectores, los que estamos dentro de la novela, por si nos sentíamos demasiado a salvo. Y es que no estamos sino en una nivola, en una creación del autor en la que no hay reglas más que las que se hacen al escribir. La línea entre el personaje y el autor se desdibujan, que es una de la tesis de Unamuno en la novela. ¿No está el hidalgo vivo cada vez que alguien lo lee y lo imagina, mientras que los huesos de Cervantes siguen cogiendo polvo en su sepultura madrileña? ¿No recordamos y leemos a los autores de antaño solo en la medida en que sus personajes siguen vivos y llenando nuestras horas? Así pues, quedamos envueltos en una nube de confusión (en una nuvola, en italiano) en la que es difícil entender quién tiene poder sobre quién, si el autor sobre sus criaturas o las criaturas sobre su autor. Víctor, el compañero de ajedrez del protagonista, dice así:
—Y hay que corroer. Y hay que confundir. Confundir sobre todo, confundirlo todo. Confundir el sueño con la vela, la ficción con la realidad, lo verdadero con lo falso; confundirlo todo en una sola niebla. La broma que no es corrosiva y confundente no sirve para nada. El niño se ríe en la tragedia; el viejo llora en la comedia.
No se me escapa el gazapo que cometí hace poco, hablando de otro libro por aquí. Cuando hablé de la novela Breakfast of Champions, de Kurt Vonnegut, hace poco más de un mes, empecé diciendo lo siguiente: “He aquí el libro más original escrito nunca”. Si se me puede perdonar esa hipérbole, he de confesar que una pequeña parte de mí creía que había algo de cierto en esas palabras. Me parecía que lo que había hecho Vonnegut en ese libro era algo inaudito, algo totalmente original. Vonnegut se introdujo en su libro como un personaje más, arrogándose aun así la capacidad de escribir el destino de los demás personajes. ¡Qué atrevida es la ignorancia! Veo ahora que esto no es sino lo que hizo Unamuno casi setenta años antes con una maestría que hace palidecer la ejecución de Vonnegut. Vonnegut consigue una confusión igual de deliberada pero mucho menos erudita. La confusión que defiende Vonnegut está basada en la indigestión literaria, en contraposición a la cuidadosa telaraña que construye Unamuno. Compárese este fragmento de Breakfast of Champions con la cita de Niebla que incluí algo más arriba:
I would write about life. Every person would be exactly as important as any other. All facts would also be given equal weightiness. (…) I would bring chaos to order, instead, which I think I have done. If all writers would do that, then perhaps citizens not in the literary trades will understand that there is no order in the world around us, that we must adapt ourselves to the requirements of chaos instead.
En resumen, sirva esta nota como una fe de erratas. No puede culparse a nadie, quiero pensar, de no haber leído un libro.